MARILYN LEYENDO A JOYCE

por Daniela Fernández
AP ECF – EOL – AMP
Buenos Aires

Foto Eve Arnold

Foto de Eve Arnold

Una carta, sin fecha, dirigida a su mentor, Lee Strasberg. En ella, Marilyn escribe:

“Estoy perdida. No puedo juntar mis pedacitos. Todo atenta contra mi concentración. La primera vez que te oí hablar en el Actors Studio dijiste que entre el actor y el suicidio, solo hay la concentración. En cuanto entro en escena, por alguna razón, pierdo mi relajación mental, que es mi concentración. Todo lo que aprendí me
abandona. Mi deseo es frágil. Parezco loca. Creo que me estoy volviendo loca. Me siento como si hubiera dejado de pertenecer a la raza humana”.

Algo no cesa de escapar en esta carta. Para atraparlo, Marilyn lo nombra tres veces, lo llama “la concentración”. Mientras la cámara la filma, la  concentración la abandona. Es más  fuerte que ella. No dispone de esa herramienta, ni como técnica dramática, ni como defensa contra la locura.

Confiesa no poder juntar sus pedacitos: la huérfana, la estrella, la esposa de Arthur Miller, la amante del Presidente, la suicida. Todos conocemos a la Marilyn de Warhol, todos conocemos su cara y su cuerpo proyectados sobre todas las pantallas de Hollywood y del mundo. Pero no sólo hay la Marilyn de los posters y del cine, también existe la Otra Marilyn, la más evanescente, la más inatrapable, la Marilyn lectora.

Una foto, tomada por la fotógrafa Eve Arnold, en Long Island, durante el verano del ’55. Marilyn tiene 29 años. En marzo, comenzó a tomar clases en New York con Lee Strasberg. En pocos meses, se estrenará la película de Billy Wilder, La comezón del séptimo año (The seven year itch) que la inmortalizará en la famosa escena de la boca del subte en que una correntada levanta su falda dejando al desnudo sus piernas esculturales.

Esta foto muestra a Marilyn sentada en un banco, descalza, con las rodillas dobladas, tal vez en un jardín o en una plaza. Parece tranquila. Rubia, soleada, el milagro de su brillo nos atrapa. Al mirarla, nos dejamos arrastrar por el vértigo de su belleza, de su inocencia y su euforia.

La foto la muestra leyendo. La lectura no es un simulacro para Marilyn, que es lectora por naturaleza. Devoraba libros, como devoraba hombres, desde Whitman hasta Faulkner, pasando por Ibsen y el mismísimo Freud. Cuando en 1961 la internan, Marilyn escribe a su analista, el Dr. Greenson, que está leyendo la correspondencia de Freud y que había leído la biografía escrita por Jones.

Hay muchas otras fotos que la muestran leyendo, recostada en un sillón de hotel o delante de una biblioteca, con sus brillos, sus vestidos ajustados, el carmín y la sonrisa de sus labios. En todas ellas, da la impresión de estar posando, y adivinamos en la fotógrafa, una intención burlona, ligeramente misógina, como si mostrar a la bomba sexual absoluta, leyendo, fuese una incongruencia.

Pero esta foto es diferente. No hay diamantes, ni pieles, ni tacos altos, simplemente: Marilyn leyendo. Al mirarla, lo primero que nos sorprende es hasta qué punto Marilyn está concentrada. Con su boca entreabierta, parece absorbida por la lectura. Lee con dedicación infantil, con esa tenacidad insondable que la conduce a buscar en los libros aquello que no se encuentra en ningún otro lado. Pero, ¿qué lee Marilyn?

En su mano derecha, sostiene uno de los libros más arduos de la historia de la literatura, el Ulises de Joyce. Marilyn leyendo a Joyce, parece el colmo, el encuentro es surrealista. La novela más oscura de la gran literatura de avant-garde en manos de una actriz de comedia que se supone que encarna la estupidez soberana de una seducción descerebrada, ícono mundialmente promovido por la industria del divertimento triunfante. Sólo puede tratarse de una puesta en escena, una mistificación cínicamente preparada para fines publicitarios.

Sin embargo, Eve Arnold confirma que la foto no fue preparada. Marilyn le había comentado que no podía parar de leer el Ulises. Cuando Eve sacó la foto, Marilyn estaba descansando entre dos sesiones de foto. Su cara no busca seducirnos, no responde a ninguna demanda.

La foto revela su intimidad y el lugar en el que algo parece colmarla. Así, Marilyn,
leyendo a Joyce, parece tomar cuerpo. Y allí está, delante nuestro, como un gran enigma.

La foto fue sacada de tan cerca que podemos advertir que la lectora está llegando al final del libro, a aquel momento en que la voz de una mujer invade el espacio y las frases de Molly Bloom surgen en una prosa torrencial sin puntuación, en la que se afirma su goce. En sus notas, Marilyn escribe un ¡Sí! subrayado, eco de la última palabra del monólogo que cierra el Ulises.

Imaginemos las frases de Molly dichas con la voz de Marilyn. Imaginemos también la frase del Ulises que Marilyn estaba leyendo, cuando Eve Arnold atrapó ese instante de concentración, inmortalizando a esa joven lectora, protegiéndola así de la locura.