De la segregación al deseo extra-ordinario

por Beatriz Udenio
Analista Miembro de la EOL – AMP
Buenos Aires
Dirección Ejecutiva IOM 2
Directora del CID Pergamino
Asesora del CIEN (Centro Interdisciplinario de Estudios sobre el Niño)
AE: 2014-2017

Desde hace tiempo, quienes trabajamos en la clínica psicoanalítica con niños,
somos sensibles a las modificaciones de la sociedad contemporánea y su impacto
sobre los niños, o mejor, sobre la condición de los niños en tanto seres hablantes
de pleno derecho.

Hemos tenido donde abrevar para ello.

Muchos pensadores contemporáneos se dedican a explorar la situación de la
infancia hoy, destacando, en general, cómo se les roba la infancia, o se aplana la
curiosidad que destacaba Freud como derivación de lo pulsional durante la época
de la latencia, o se subraya la vulnerabilidad del niño en cada cambio discursivo
producido en una época.

Un rodeo inevitable es el de situar la creciente medicalización y patologización del
niño. En otros casos, se sitúa el incómodo y despojado lugar en el que el niño es
depositado, allí donde se ha instalado la idea de que criar es sinónimo de decir
que sí a la libre demanda de cada niño o niña, desde su más tierna infancia.

Un capítulo aparte es el que concierne al campo educativo, donde la función de
los maestros se ha ido desdibujando frente a los mismos requerimientos y
restricciones que se pone a su accionar. Vale recordar que fue el mismo Freud
quien reivindicó la Escuela como un lugar donde se trata sobre todo de instilar a
los niños el deseo de vivir. La Escuela como un juego de vida. Para ello, hacen
falta adultos que los acompañen en esa travesía.

De la mano de esto es como llegamos a unos párrafos cruciales que Lacan
destinó a estos temas en “Alocución sobre las psicosis del niño”, texto del 22 de
octubre de 1967, muy cercano a la “Proposición del 9 de octubre (…)” de ese
mismo año. Lúcido lector de la creciente segregación a nivel global, se pregunta
no solo por la situación de los niños al respecto, sino sobre la función de cada
adulto en relación con la responsabilidad de sostener a los niños y niñas en su
crecimiento e instauración como sujetos. Su golpe de gracia surge en el punto en
el que desvela la condición a la que quedan reducidos los sujetos: su nivelación al
estatus de “niño generalizado”.

¿En qué estamos hoy?

Es cierto, los avances de las llamadas tecnociencias en su alianza con las
propuestas de la sociedad organizada como mercado, nos han hecho a todos
homogéneos. Todos igualados en el lugar de consumidores, consumidos por las
reglas de este mercado. Todos anonadados por este estado de cosas. Tal como
Lacan indica en “La tercera”, texto de fines de 1974, todos proletarios,
desposeídos de nuestro saber y nuestra dignidad subjetiva, en manos del discurso
del amo moderno.

¿Debemos desesperar? Des-esperar, sí. Dejar de esperar que la sociedad global
se modifique. Pero es allí donde podemos arriesgar, apostar a contrarrestar este
estado de cosas proponiendo atender a lo singular de cada niña o niño, en tanto
ser hablante.

Jacques-Alain Miller abre en su texto “El niño y el saber” algunas posibilidades:
frente al afán de capturar al niño como consumidor y ponerlo bajo el poder de tal o
cual discurso, el psicoanálisis y su discurso apuestan a lo singular de cada niño y
niña. Protege este lugar donde cada uno es único, incomparable. Y que su
curiosidad, su saber y su deseo tengan un lugar donde juegue sus cartas en la
vida.

Se liga a lo que Lacan critica en la “Alocución (…)”, refuta cualquier ideología de
“armonía en el hábitat materno”, “oponiéndose a que sea el cuerpo del niño el queresponda al objeto a”, es decir, a que quede fijado en ese lugar, mortificador, de
condensador para el goce materno.

Lo que el psicoanálisis ofrece es el lazo transferencial, animado por un deseo. El
deseo no es poca cosa, es una herramienta potente, singular, no colectivizable.

La práctica psicoanalítica opone el deseo como extra-ordinario a la segregación.
Para que cada niño o niña alcance un momento de dignidad subjetiva, de
invención de un síntoma singular, donde el goce se entrame de un modo nuevo, y
le permita sostener un lazo vivificado.